
Un pasado remoto, un milenario transitar de montañas, valles, llanuras, rÃos y lagunas con los astros por testigos.
Son los primeros habitantes del territorio que hoy es nuestra provincia, son los antiguos cazadores recolectores, nómades territoriales, que convivieron durante miles de años con las megabestias, que siguieron las manadas de guanacos, de ciervos y ñandúes, que recogieron frutos y hierbas medicinales.
Porque encontraron en este suelo todo lo necesario para desarrollar una rica cultura, plasmada en placas grabadas, piedras pintadas, adornos corporales y vasijas de arcilla.
En sus herramientas de caza y molienda de granos, vemos sus manos, en cada sitio encontrado vemos el paso de nuestros ancestros americanos.
La muerte de SolÃs a manos de los indios Charrúas fue uno de los tantos hechos trágicos que se sucedieron durante la conquista española.
El puma representa la fiereza del indio, la libertad defendida con garra.
Por otro lado se ven la carabela, los soldados, las armas, la conquista, en definitiva.
El árbol que enlaza sus raÃces en la tierra, y el puma que es una rama más, son parte original del paisaje americano.
En las antÃpodas el español con su yelmo, su atavÃo y su espada, son los exponentes del otro mundo; representan lo extranjero, lo foráneo. El caballo “blindado†es la fuerza superior del invasor que arremete contra la voluntad desnuda del aborigen. Esta vez, el indio, nativo de la tierra americana, con un grito de ira y rebeldÃa, es quien derrota al conquistador con su pólvora, sus mosquetes y su codicia.
Pocos años después, un nuevo hecho volverÃa a enfrentar a los dueños de la tierra con los conquistadores. Se habÃa terminado de construir el primer asentamiento español en el RÃo de la Plata, el Fuerte Sancti Spiritus. A una breve convivencia relativamente pacÃfica entre los habitantes del lugar y los hombres de Gaboto, le siguió el maltrato y la explotación de éste para con los indios. Ocurrió lo inevitable. El ataque de los Timbúes fue llevado a cabo en 1529.
Del Fuerte sólo quedaron sus ruinas. Pero en el devenir del tiempo, nuevos enclaves españoles irÃan marcando un rumbo sin retorno. Una lanza rota es el sÃmbolo de la derrota.
Este trÃptico conjuga varios elementos en su composición.
La causa, como elemento central, es la explotación del indio, su sometimiento.
La figura central proyecta una nueva crucifixión.
A la derecha, el español en sus nuevos dominios. Está dentro de la empalizada, con espada, armadura y la bandera de Castilla flameando en lo alto.
A la izquierda, la rebelión del indio bravo ante el sometimiento.
Dos hechos fundacionales en el año 1536 por Pedro de Mendoza, y en 1580 por Juan de Garay- dividieron el territorio en dos mundos contrapuestos. Por un lado, la colonia, representada por el clero, la burguesÃa y el ejército, que aquà aparecen enmarcados en un mundo arquitectónico.
Por el otro, el indÃgena y su mundo vulnerable, generoso y gentil, protegiendo a su mujer y a su hijo, a su descendencia.
El mundo del indio se va reduciendo paulatinamente, sólo puede oponer su fuerza desnuda para impedir la conquista, frente al poder de la espada, representada por el toro miura que acecha como emblema de la fuerza del invasor. Mientras, la burguesÃa y el clero observan el resultado de su expansión.
La primavera colonial no tuvo aromas florales, pero el otoño del indio tampoco. Fundar y conquistar un territorio ocupado, no sólo fue marcar un sitio, significó mucho más que eso. El saber que más allá del horizonte asechaba un enemigo acérrimo, que nunca se someterÃa al yugo de la espada.
CorrÃa el año 1630. El Reino de Portugal estaba sujeto a la corona de Castilla.
Castellanos y portugueses comerciaban libremente entre sÃ. En ese entonces, Antonio Farias de Saa, un hacendado portugués residente en la Gobernación de Córdoba del Tucumán, en el pago de Sumampa, le encarga a un paisano suyo, que vivÃa en Brasil, una imagen de la Virgen MarÃa para colocar en su capilla. En respuesta al pedido, envió dos imágenes en sendos cajones especialmente acondicionados.
Las imágenes partieron en barco hacia Buenos Aires y, desde allÃ, hacia las provincias del Norte en caravana de carretones.
Al tercer dÃa de marcha, después de haber vadeado el rÃo Luján, una de las carretas se negó a seguir viaje. No hubo fuerza capaz de moverla. Hasta que la comitiva pudo comprobar, con asombro, que el obstáculo que impedÃa la marcha era uno de los cajones. Al abrirlo, los troperos descubrieron ante sus ojos una bellÃsima esfinge de MarÃa Inmaculada. Desde entonces, allà se encuentra. Nunca más se movió.
La profunda devoción del pueblo aquà queda retratada en los rezos a la Virgen que desde la carreta, a modo de Ermita, irradia un cielo milagroso. Un Cristo, que saliendo de la cruz, parece indicar el lugar sagrado. Asà se describe con un halo mÃstico aquel suceso.
La Virgen de Nuestra Señora de Luján, es patrona de la Argentina, Paraguay y Uruguay. Es la mayor convocante de fieles de esta región de América; es un fenómeno de verdadera Fe.
CorrÃa el siglo XVII, y la conquista española se consolidaba en los vastos territorios del Norte Argentino, los indios Quilmes, habitantes de los valles CalchaquÃes, no aceptaban el yugo peninsular en su propia tierra y se rebelaban permanentemente contra la nueva autoridad.
Fastidiados por no poder doblegar a los indios en sucesivas represiones armadas, los conquistadores españoles tomaron una medida drástica, el destierro.
La historia cuenta que obligaron a los Quilmes, a caminar desde Tucumán hasta la Exaltación de la Cruz, en las tierras bonaerenses (actualmente Partido de Pilar), lugar al que arribaron en 1667.
Los miembros de las 200 familias exiliadas, no murieron exhaustos en la travesÃa, fueron reducidos a la servidumbre hasta su desaparición en el lugar de confinamiento en territorio bonaerense.
Pero la Conquista española no se llevó a todos los Quilmes, aunque mestizados, viven en el noroeste argentino varios centenares que descienden directamente de aquellos hombres y mujeres que resistieron el sometimiento realista.
SÃmbolos del sacrificio, un horizonte árido, el caballo, las botas y las armas rodean a un indio reducido y sin pies,
con los ojos fijos y la mirada opaca de la tristeza, recordando los Valles CalchaquÃes y vislumbrando, quizás, un futuro de tragedia.
En homenaje a aquellos bravos mártires indefensos de la conquista, la ciudad de Quilmes les pidió su nombre.
Verónica colocó el santo sudario sobre el rostro de Cristo, en su camino a la crucifixión. Aquel acto de inmensa piedad quedó plasmado en un manto sagrado, un “manto de piedadâ€, como el que cuelga de fondo en la figura, cobijando al mestizo, al blanco y a la pareja que en un apasionado abrazo entre el indio y una caucásica, representa a todas aquellas uniones, a veces violentas, a veces románticas, cuyo fruto fue el criollo.
En las venas del mestizo corre la sangre española y la indÃgena, en estos torrentes sanguÃneos, corren también las pasiones, los sufrimientos y los sentimientos más diversos de cada uno de aquellos hijos.
Tanto amor y tanto odio merecen un manto de piedad; como lo representa el artista, ese manto cubre a los primeros hijos de la nueva tierra.
Esas aristas se fueron limando y el crisol de razas que es la Argentina de hoy, convive en cada hombre y en cada mujer que habita este territorio.
El Regimiento de Patricios nació en 1806, en ocasión de las invasiones inglesas.
Hidalgo, aparece defendiendo no sólo la ciudad de Buenos Aires, su propio territorio, sino su dignidad.
Se ve también la iglesia de Santo Domingo, con una sola
torre en aquel entonces, cañoneada y humeante.
La ciudad toda en pie de lucha y un cielo con colores patrios son el telón de fondo de unos soldados ingleses derrotados y en franca retirada, con el mástil de su estandarte quebrado.
Los conceptos de tiempo y espacio se unen en una alusión a nuestras Islas Malvinas: un tanque blindado ataca y un pueblo resiste con palos y piedras.
El valor y la sangre derramada por los patriotas de sendas epopeyas, aparecen sintetizados en un paisaje cuasi onÃrico.
Los Colorados del Monte, están defendiendo la SoberanÃa Argentina. Esperan tras la cordillera imponente una invasión indÃgena capitaneada por oficiales del Ejercito Chileno.
En 1820, la invasión fue detenida con bravura en el FortÃn Tapalqué.
En los años de la campaña al desierto, la mujer tuvo un gran protagonismo. No sólo acompañando al hombre y al frente de las tareas domésticas, sino en la fiereza del combate.
Signo de ese tiempo, aquà se la ve portando el boqueton que carga el cañón.
La historia recuerda a varias de estas valerosas mujeres, en años posteriores, a “Mamá Carmen†Ledesma, que logró el grado de Sargento, pero también perdió a sus once hijos en combate. “Fortineras†o “Tolderasâ€, sean blancas, indias, mestizas o morenas, todas defendieron con su vida, el cÃrculo de afecto que las rodeaba.
El caballo también fue fundamental en aquellas luchas. AquÃ, el animal brioso, con el jinete sobre su lomo, se apresta a la batalla en actitud desafiante.
La res colgada del aparejo. El paisano, a punta de cuchillo, va cuereando el animal que yace inerte en el suelo. Asà se refleja el dramatismo de una faena que constituyó en aquel entonces una industria básica del paÃs.
El peón empuja la carretilla cargada de cueros, listos para ser curados en los galpones que aparecen en el fondo. Allà se salará la carne para alimentar a la población también será exportada al viejo continente.
Más atrás, la carreta parece aguardar para trasladar las materias primas, la empalizada cubre el sitio del matadero, es el telón del escenario del sacrificio.
Los galpones del saladero, antecesores de los actuales frigorÃficos, acopian en su interior una gran cantidad de alimento, suficiente para saciar el hambre de gran parte del planeta.
En el año 1828, la provincia de Buenos Aires se desangraba en luchas intestinas.
Un cielo oscuro se ciñe detrás del Coronel Dorrego, que aparece barbado, en semejanza al paisano, al soldado. La muerte, montada en corcel negro, envuelve a Dorrego y a su vez, lleva de la brida al caballo blanco, antÃtesis de la muerte. Es un recuerdo de la vieja tradición de caballerÃa, que señala que cuando muere un héroe, un caballo blanco, con montura sin jinete, recorre el campo como si él estuviese presente.
La Patria (matrona) se toma la cabeza en llanto desconsolado y gime por un crimen absurdo. El soldado herido, vÃctima de todas las guerras, sigue a su caudillo aún en el peor momento. Una semblanza de historia argentina.
CorrÃa el año 1845, el Estado se encontraba amenazado por poderosos enemigos de ultramar de tradición colonial. Las fuerzas Anglo- Francesas, entonces, deciden remontar el rÃo Paraná con fines comerciales.
Pero un ejército de militares, gauchos y voluntarios les detiene el avance con coraje en La Vuelta de Obligado. Fue una lucha sangrienta, y se recuerdan especialmente los 400 de Areco, que defendieron el paso con sus vidas.
Lo heroico del combate fue detener a las fuerzas navales invasoras con caballerÃa, infanterÃa y artillerÃa.
Aquà aparece el caballo que regresa a las filas sin jinete: es la patria que no acepta ser vencida.
La batalla fue violenta, trágica. Junto al artillero muerto, el artillero mayor estimula a seguir la lucha. El cañón aparece destrozado y de fondo, flamean con imponencia los gallardetes de los navÃos Anglo- Franceses.
La ocasión reclamó que civiles y militares se unieran con el objetivo supremo de defender La Patria. Asà lo resaltan estas imágenes.
Al mando del General RodrÃguez, las campañas al desierto comenzaron en 1833.
La agresividad del caballo, la rigidez del jinete, la lanza en punta y un bosque de ellas por detrás, se contraponen a un indio solo en el desierto, casi como un fantasma que va desapareciendo junto con los médanos.
Hacia 1876, acompañando el avance de frontera, ingenieros, topógrafos y planos relevando minuciosamente cada paraje, daban respuesta a uno de los mayores obstáculos: el desconocimiento del territorio al que impropiamente se llamaba “Desiertoâ€. Simultáneamente, el telégrafo, el fusil y la “Zanja de Alsinaâ€, que demoraba el paso de los arreos y permitÃa a las tropas alcanzar los malones, con fortines ubicados cada 5 Km.
Poco podÃa hacer el bravo indio, tratando de subsistir con el ganado que podÃa malonear en la frontera, para alimentar a las familias y comercializar en parte del otro lado de la cordillera.
El ganado y la sal eran las únicas riquezas de la pampa agreste y el gobierno proyectaba extender rápidamente la agricultura.
Para la instalación del modelo agroexportador, existieron dos polÃticas idénticas en el objetivo y diferentes en la aplicación: la del Ministro Adolfo Alsina, que impulsaba un avance progresivo consolidando puntos de ocupación importantes y procurando la integración del aborigen. Asà se fundaron ciudades como Trenque Lauquen, Púan, Guaminà y Carhué. La del General Julio A. Roca, consistÃa en la pronta ocupación del territorio, con el exterminio de las tribus.
Tras la muerte de Alsina, Roca lo sucede y ejecuta su plan, con columnas al mando de los Generales: Levalle, Winter y Villegas, camino al sur, hasta los lugares más recónditos de la Patagonia.
A partir de allÃ, otras etnias, los caciques aguardaban como fantasmas, todavÃa presentes en la inmensidad del campo.
A fines del siglo pasado, los campos empiezan a dividirse, no sólo por las diferencias de tonalidades que aportan las distintas semillas sembradas, sino por el ánimo de marcar posesión y lÃmites. El alambrado plasma esas divisiones. El gaucho, inmolado en la Campaña al Desierto, sucumbe definitivamente ante el alambrado que lo priva de andar libre por la pampa. Nace el paisano.
Además, el ferrocarril comienza, a acortar las distancias y el telégrafo favorece las comunicaciones evitando el aislamiento. Son los esbozos de un nuevo tiempo que empieza a asomar y el mundo agrÃcola-ganadero se introduce paulatinamente en el mercado internacional. El patacón reluce.
Un homenaje al trabajador anónimo, al esfuerzo silencioso de aquellos hombres que forjaron con sus manos un proyecto de gran Nación, desde el corazón de la pampa.

Campos bonaerenses, venas vegetales por las que corre el esfuerzo del trabajador rural y late la producción. El hombre y la mujer de campo se dirigen a la feria a vender sus productos. Van juntos y abrazados, como marchan nuestras familias campesinas unidas por el amor y la solidaridad.
El paisaje de campos sembrados, acariciando un horizonte lejano, enlaza pasado y presente. Asà lo marca el viejo carro y, en las antÃpodas, los silos y un tractor arrastrando un arado de varios discos.
La tierra, madre omnipresente, abre sus surcos generosos, donde las aves buscan su alimento. En ella, la siembra y la cosecha enmarcan el sacrificio silencioso del trabajador rural, envuelto en climas de paz y esperanzas.
El horizonte de la llanura se recorta con los saltos y corvos de los potros en su rebeldÃa a ser domados.
Una flor de cardo y un palenque son los únicos testigos de una tarea rural reservada sólo a los eximios jinetes de la pampa.
El potro salvaje es pialado con una lanzada a las patas, ya en el suelo, es sujetado y asà se le colocan la cincha y el freno, para ser domado.
La imagen es un homenaje al caballo, el noble animal que acompaña al hombre de campo en todas sus tareas. Es un amigo inseparable en las largas jornadas.
El domador anónimo, representado aquà por una mano que sujeta la rienda y las piernas que lo afirman decididas al lomo del caballo. Es un homenaje a todos aquellos paisanos valientes que, a fuerza de caÃdas, logran hacer del caballo su más fiel compañero.
Bajo la generosa sombra del ombú, la diligencia descansa sus ruedas polvorientas, espera el cambio de caballos para ir a otro destino; quizás otra posta.
La música de una guitarra acompaña el canto de un paisano, que cuenta con su voz y sus ojos algún profundo sentimiento gaucho, enraizado en la pampa.
Más atrás la pulperÃa, el verdadero centro social y cultural de la época. Al costado, un lugareño, con las espuelas puestas y el rebenque en mano, espera una ginebra en el mostrador con rejas.
No faltaban los inconvenientes para un gaucho que buscaba diversión en la pulperÃa, advertÃa José Hernández en su “MartÃn Fierroâ€. Por eso las rejas, puestas en precaución por aquellos pulperos, testigos fieles de unos cuantos “entreveros†que se sucedieron en la pampa húmeda.
Sentado sobre las raÃces prominentes, bajo la sombra de un árbol, el peón de campo le ceba mate al paisano que, en cuclillas, cuida con su facón el asado con cuero, a punto sobre brasas.
La imagen encierra el sentido de compartir no sólo el trabajo- en este caso, la yerra- sino el descanso merecido después de la ardua labor.
Parte del paisaje de la llanura, el paisano montado en su alazán enlaza al novillo que se resiste a la marca caliente sobre las ancas.
El sombrero requintado y las botas con espuelas, la boina y las alpargatas, o la bombacha y la rastra visten al hombre de campo y lo acompañan en su tarea cotidiana. Una labor que empieza aún antes del alba, y termina con la caÃda del sol en el horizonte de la inmensa llanura bonaerense. Una tierra que guarda en silencio, en las horas de compartir los descansos, las más diversas leyendas, mitos y tradiciones gauchas.
El amarre metálico, además de firme, parece bien fundado a tierra. Ese ambiente portuario fue la primera imagen que observaron aquellos primeros “ojos inmigrantes†el dÃa de su llegada a estas tierras, atrás quedaban la guerra, el hambre, el frÃo, el espanto. Adelante, sólo futuro.
Asà lo cuentan los ojos fijos, petrificados de esa mujer con pañuelo blanco sobre su cabeza, que sujeta su bolsa como aforrándose a una esperanza. No está sola, con ella vienen su familia, su música, sus herramientas de trabajo.
En la imagen aparecen algunos sÃmbolos de aquellos dÃas, el arado, para abrir el surco en la tierra promisoria, para sembrar, poblar con trabajo aquel inmenso territorio, que era la pampa de comienzos de siglos.
El acordeón a piano (de origen Alemán) lleva el aire con sus notas, Quizás las primeras canzonetas y el germen de los primeros tangos.
En los rostros de los inmigrantes se comienza a desdibujar el destierro, pero en sus miradas se pinta la esperanza cierta que orienta hacia el futuro: el sentirse parte de una nueva Nación.
RÃo Paraná, delta agreste, cielo de verano. En ese ambiente, los isleños están en la tarea de recolección de frutos.
Un bote pasa lento, cargado a tope; en el muelle atraca un carguero de maderas; los habitantes del delta, con sus canastas repletas de naranjas, llevan camino al muelle el fruto de una tierra rodeada por aguas inquietas.
El cuidadoso trabajo de la producción cÃtrica, la ardua labor de la tala de árboles, las materias primas listas para ser embarcadas hacia distintos puntos del paÃs, llevadas por el rÃo.
Sin embargo, la gente queda trabajando, relacionándose, como el hombre que convida una naranja a la mujer, quizás para seducirla, o simplemente para que calme su sed.
La vegetación exuberante, el calor intenso, el clima húmedo, los frecuentes embates del agua, elementos que moldean la fortaleza de espÃritu de los hombres y mujeres de rÃo.
Quizás por designio del rÃo el oficio del pescador se trasmite de generación en generación, por eso una misma embarcación cobija el trabajo del joven, el padre y el abuelo.
Con las manos callosas como única herramienta los tres están unidos por una tradición que resalta la solidaridad y la comunión de esfuerzos para rescatar el fruto de las profundidades. El más joven, pura fuerza, rema; el adulto recolecta los peces y el más viejo lanza la red al rÃo, como quien siembra una esperanza.
La vida de los pescadores, a bordo de la barca cotidiana, danza sobre las aguas del ancho RÃo de La Plata. Por allà detrás, un barco de gran calado espera ser remolcado para entrar finalmente al puerto y descansar del oleaje infinito.
Campo inmenso de agua color tierra y clima invernal, ambiente fluvial donde destaca la fatigosa tarea de la gente de rÃo.
Los pescadores parecen eternos: están siempre ahÃ, sobre las aguas.
Ni el frÃo matinal, ni el viento sesgado doblegan el espÃritu, de nuestros hombres del rÃo marrón.
Los acompaña la inmensidad del mar, un horizonte de tormenta a sus espaldas, y un frÃo intenso, se ve más dura todavÃa la noble tarea del pescador.
Otra vez aquÃ, distintas generaciones unidas por el mismo oficio. El viejo capitán fumando su pipa, el marinero más joven y la mujer embarazada, que espera el retorno de aquellos que van al mar, pero también espera por el fruto de una nueva generación.
Eternamente habrá pescadores y eternamente habrá mar.
A lo lejos, el faro se levanta oteando el horizonte; algunas gaviotas, compañeras incansables de largas jornadas, procuran su alimento; un barco de madera y de vivos colores son matices de un paisaje de pescadores que se aprestan a zarpar, a encontrarse con el trabajo, en algún lugar del litoral marÃtimo bonaerense.
El océano infinito y los misterios de sus profundidades esperan expectantes a quienes desafÃan su inmensidad diariamente, con el propósito de llevar el pan a su mesa.
El ambiente lÃtico. El durÃsimo trabajo de la extracción pétrea en las canteras, situado en los antiguos macizos bonaerenses de Tandilla o Ventania, con sus horizontes erosionados y sus bordes suaves.
Pasado y presente conviven en la imagen, mediante la relación del hombre con sus herramientas. Ya sea el trépano, que taladra la piedra pura para colocar la dinamita; ya se trate de antigua masa, imprescindible para el trabajo en la cantera.
Las vagonetas sobre rieles y a tracción humana hablan por sà solas de una tarea que requiere un esfuerzo casi sobrehumano.
Para aliviar la dura rutina se encuentra la “aguatera†(mujer), siempre presente en las canteras del pasado; asà lo recuerdan los descendientes de algunas etnias nativas que trabajaron en las canteras de la Provincia de Buenos Aires.
El fuego devora el hierro, lo funde, lo transforma en acero; en una fábrica enorme, las maquinarias lo procesan.
El gigantesco despliegue industrial nunca podrÃa consumarse sin la presencia del “hombre†que lo accione, que le de vida de principio a fin. Por eso la presencia central, destacada de dos operarios, enlazados en la colaboración mutua del trabajo.
Cuerpo y mente fundidos al servicio de una labor que combina ruidos metálicos, fuegos incandescentes, temperaturas extremas, riesgo constante. El vÃnculo de unión y colaboración de ambos trabajadores es imprescindible, vital.
De fondo, el proceso de elaboración del preciado acero: los crisoles cargados, las llamas de fuego infernal de los hornos y los complicados mecanismos de la industria pesada, puestos en marcha por estos hombres con temple de acero.
Industria de industrias, la imagen describe una realidad que sólo conoce aquel que pasa sus jornadas de trabajo en esos inmensos talleres donde se acuña el futuro.
La imagen refleja el conjunto de esfuerzos para lograr un fin.
La construcción requiere de un espÃritu participativo: el peón junto al oficial, mancomunados en su tarea; descargar las bolsas, alcanzar un balde de mezcla, terminar un revoque de una pared.
La obra a pleno, el trabajo realizado entre todos, la suma de manos, brazos y hombros que terminan en un objetivo también común: la vivienda.
El andamiaje artesanal, la mezcladora mecánica, los muros de ladrillo. Los materiales “conviven†con el “material humanoâ€: el sudor, el sacrificio, el esfuerzo del obrero, en un entorno de dinamismo laboral y buen compañerismo.
Los muros toman vida, crecen, en una realidad laboral palpable. La obra, el edificio, la casa, se va corporizando en un hogar propio o ajeno, pero que para el obrero significa pan ganado con el sudor de su frente.
“…Un degüello de soles muestra la tarde,
se han dormido las luces del pedregal,
y avivando la tropa dale que dale,
El arriero va, el arriero va…â€
“…Aquel bravo compañero
en mis brazos espiró;
hombre que tanto sirvió,
varón que fue tan prudente,
por humano y por valiente
en el desierto murió….â€
Dibujante y pintor argentino, que popularizó las costumbres de la gente del campo. Combinó la veta humorÃstica y el realismo.
Nació en 1890. En 1941, fue colaborador de Walt Disney como supervisor de las pelÃculas de dibujos animados.
Su popularidad llegó a extremos inusitados, gracias a sus famosos almanaques para la fábrica de Alpargatas.
Nos dejó en 1959, pero su obra sigue viva entre nosotros.
La Gobernación de la Provincia de Buenos Aires convocó a Rodolfo Campodónico en 1998 para realizar la mayor secuencia histórica realizada en el paÃs: un conjunto de 28 murales, verdadera narración que acerca la historia, dirigida al público de manera poco usual.
La temática de los murales está dividida en tres partes, con la que se pretende abarcar ambiciosamente la identidad bonaerense, desde su trágica histórica, hasta sus regiones geográficas, productos, costumbres, tradiciones y homenajes a todos aquellos que aportaron a la construcción de la provincia.
Los paneles de 2 metros de alto por 3,60 de largo fueron realizados entre mayo de 1998 y agosto de 1999 para colocarse en la Casa de Gobierno de La Plata, hasta que por su deterioro fueron retirados. En 2006, y por voluntad del propio Campodónico, la Provincia cedió las obras a la Municipalidad de Trenque Lauquen.
Los murales originales se encuentran actualmente en exposición en el denominado Galpón de los Carruajes.



Rodolfo Campodónico nació en Buenos Aires en 1938, y en 1961 inició su carrera con ilustraciones sobre autores latinoamericanos.
Pintor, muralista, dibujante y grabador, recorrió el paÃs y llevó sus obras a México, Uruguay, Bolivia, Brasil, Colombia, Chile y Perú, y forma parte de un selecto grupo de artistas plásticos que transformaron las artes en nuestro paÃs en los últimos años.
Residió en Trenque Lauquen durante varios años y aquà dejó su huella pictórica en decenas de espacios públicos y privados. Entre los más destacados se encuentran los murales en el hall de ingreso del Palacio Municipal, la Comandancia, el Atrio de la Iglesia Nuestra Señora de los Dolores y el Museo Histórico.
Sus obras también están perpetuadas en paredes de edificios públicos de municipios de la región.
Campodónico lleva realizadas más de 200 exposiciones y es uno de los artistas plásticos más prestigiosos de nuestro paÃs. La Casa de Gobierno Basko en Victoria, España; el Complejo Deportivo de la Universidad Nacional de Chile y la Escuela de Bellas Artes de Paraná, Entre RÃos, son espacios que conservan y exhiben sus murales.
